EN BUSCA DE LA ÉTICA OCULTA

 

Por Jorge H. De HAro Duarte

 

  

 

 

 

 

Quizás la mejor forma de comenzar un análisis de este tipo sería hablando de la especie de película que ha sido mi existencia. Mi actual situación es similar a aquella de alguien que se encuentra en la cumbre de una montaña y puede elegir cualquier camino para andar el camino hacia abajo y buscar la seguridad de las llanuras. Debo de aclarar que he llegado a este sitio corriendo en círculos. Antes, anduve varios caminos y me he dado tiempo para darle vueltas a la cima varias veces. Mi formación fue a lo largo de experiencias diversas; actué varios roles, algunos excelentemente bien, otros de la manera más aberrante y algunos inmersos en la mediocridad; elaboré infinidad de planes, la mayoría de ellos inconclusos. Disfruté de triunfos, tan dulces como miel, tanto como de la amargura de incontables derrotas.

 

            Mi destino no ha sido de ninguna forma uniforme. El “bien” y el “mal” han sido los colores de mi bandera. He convivido con las contradicciones propias del encuentro permanente con los excesos y también con las privaciones. Como resultado, el mundo que conozco no tiene límites ni mis valores, rótulos. En una de las innumerables pláticas que alguna vez tuve con mi entonces buen amigo Guillo Cházaro, resumimos en una profunda plática de ebrios lo que todavía hoy día considero que es la forma más sabia y prudente de encajar dentro de nuestras circunstancias: “Al final de la existencia, cuando la vida deba ser juzgada por las fuerzas superiores, habrá que clamar por la más prístina inocencia. Jamás se actúa bien ni mal; se actúa de acuerdo a la forma en que las circunstancias lo exigieron, lo facilitaron o lo impidieron”.

 

            Tuve el privilegio de alcanzar la educación universitaria emergido de una sociedad cuya moral cristiana, aún bajo el entusiasmo villista. El proyecto cardenista de educación socialista proveniente del seno familiar, influyó profundamente la dirección de mis primeros pasos y aún hoy lo llevo como hierro de ganadería registrado en todos mis actos concientes; se me programó para ser una especie de combinación entre santo y héroe. Sin embargo, mis ideas sobre ser un hombre religioso empapado de bondad, arrastraban mis dificultades para definir el significado de “lo bueno”. La contienda en mi interior conducía siempre en tal dirección hasta que descubrí que no siempre me conduje –solamente- en esa dirección. Me descubrí hecho de deseos, de carne, de mundo y de demonios. Comencé a vivir un conflicto al mismo tiempo cotidiano y eterno. Después de todo, en ese mundo que pisaba, el diablo y el héroe estaban íntimamente relacionados: ambos se desplazaban entre el destino de hombres y de dioses; como un eslabón entre la vida común y la eternidad. Y así me sentía: como un mensajero viajando entre el viento de la vida.

 

            Los valores que rigieron mi vida han variado a través de varias inconsistencias y transformaciones, lo mismo que mis deidades. Primero fueron la Patria y Jesucristo; luego aparecieron los valores que me arrastraron a inmiscuirme en las luchas sociales y como consecuencia, desembocaron en una nueva guía: la filosofía marxista. Después de un tiempo, cuando hallé absurdas estas deidades, me encontré a mi mismo en el abismo de la confusión; que fue ligeramente suavizada por un nuevo paraíso: las experiencias psicodélicas. De ellas, sin embargo, aprendí un principio que hasta la fecha habita profundamente en mi más coherente estado de conciencia: “la verdad es siempre la verdad, cualquier intento de engañar a otros, nos alejará de nosotros mismos, porque uno será el único engañado”. Es difícil explicar este principio por medio de definiciones operacionales o funcionales, pero en ese tiempo sonaba demasiado claro.

 

            Un nuevo dios tocó a mi puerta, usando una doble máscara, una que lloraba y otra que reía. Su nombre es el Teatro, que me llevó hasta medios extremos de comunicación. Esta nueva deidad en mi vida me enseño a comportar en una forma educada tanto corporal como verbalmente; pero en el largo plazo me encontré atrapado dentro de la vida tormentosa que caracterizaba la vida de los sacerdotes que me sirvieron de guía, además de descubrirme en inexplicables estados de conciencia al desarrollar tantas vidas como detalles de personalidad que requerían las circunstancias dramáticas.

 

            Estas dos ultimas formas de expresión que mencioné me dieron la siguiente advertencia: “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Como un ser vivo que intenta sobrevivir en un mundo donde muy pocos “aman”, me encontré nuevamente metido en problemas, rodeado por la confusión, tratando de amar a otros mientras, estaba seguro, yo no me amaba a mi mismo en esa forma. Entonces, Carlitos Varela, otro  buen amigo, me explicó en una forma muy docta que la única forma  de alcanzar “objetivamente” el concepto del amor, es por medio del uso de programas de reforzamiento positivo. Como se puede imaginar, influenciado por esta clase de afirmaciones me afirmé como un converso de una nueva religión: el Conductismo. Con un buen esfuerzo para reencontrarme con el bien y los buenos hábitos, recuperé la disciplina del trabajo académico y la investigación, terminé mis estudios en la Escuela de Psicología de la Universidad Veracruzana en Xalapa y dirigí mis pasos hacia la meca del conductismo: Western Michigan University.

 

            Y aquí estoy, en un tiempo regido por mi interés en la teoría del aprendizaje pero listo para rebelarme una vez más. Admito el hecho de ser un creyente de los Evangelios Conductuales, aunque lucho por deshacerme del fanatismo religioso extremo. ¿Las razones de mi rebelión? Me parecen muy claras: los supremos sacerdotes en este santuario que es el Departamento de Psicología están, en muchos casos, extremamente confundidos, según mi humilde opinión. Han alcanzado el punto en lo cual son mucho mejores para aconsejar a otros que a sí mismos; pues sus hechos contradicen sus palabras; como el médico enfermo pierden la medicina para sus propios males. Es innecesario describir ejemplos para validar esta afirmación.

 

            Ahora, ¿mis principios éticos? Ellos viven, sobreviven y tratan de desarrollarse en el organismo viviente que soy. La contradicción continúa siendo mi pan de cada día. Aquí, ahora, soy; eso es todo. Acarreo mi vida, mi moral y mi ideología en mi mismo. Cargo el pasado en mis espaldas, creciendo cada momento como una gran joroba. Mi futuro me acompaña en cada momento. Va adquiriendo la forma de arrugas en mi frente, cada vez mas profundas a medida que la vida continúa.

 

            En resumen: denme lo que sea, ya sea un pecado o una virtud, o ambos; estaré contento de experimentarlos. Enfrentaré cualquier consecuencia que venga de ellos, desde vomitar la vida entre sangre y dramas o derretir mi entera existencia dentro del éxtasis emanado de un jardín florido.

 

                                   Mis dioses son conflicto,

pelean dentro de mí, me empujan, me jalan,

me tiran y levantan

y enloquezco…,

 

porque hay muchos lugares a donde ir

pero solo un camino para recorrerlos:

 

Yo.

 

 

En caso de citar este documento por favor utiliza la siguiente referencia:  

De Haro-Duarte, J. (2008) En busca de la etica oculta. México: Asociación Oaxaqueña de Psicología A.C. En

http://www.conductitlan.net/en_busca_de_la_etica_oculta.html

 
 
 
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Última actualización 1 de enero  del 2008