HISTORIAS SIN FIN

 

"DE SESOS YO ME HECHO UN TACO"

 

JORGE H. DE HARO DUARTE

 

  

 

 

 

 

Un día de tantos, me encontré con una destacada, aunque no muy novedosa noticia en una plañidera nota periodística, emitida por algún despistado funcionario no sé si público, aunque si privadito, reclamando ante quién quisiera escuchar, o leer, según sea la circunstancia, por la aplastante imposibilidad de realizar cualquier proyecto de alguna trascendencia, digno de mención, en su área de competencia -¿se podrá en este caso hablar mejor de incompetencia?-, puesto que nuestro país sigue siendo una depauperada víctima del éxodo de materia gris de primera, según dijo.

 

“Alarmante fuga de cerebros” gritaba la nota, atribuyendo el argumento a algún supuestamente emprendedor aunque seguramente incompetente ejecutivo. No es intención de esta breve perorata entrar en detalles sobre lo que dijo quien lo dijo, pero sí es importante recalcar que esa misma legión de quejosos son los principales causantes de que los “cerebros” no encuentren los canales de  manifestación “intelectual” propicios.

 

Es harto notorio todo el despliegue de prepotencia e incomprensión que cualquier pobre IQ 130 plus tiene que enfrentar en todo momento para demostrar sus gracias; desde la oficinas del Lic. Jefecillo, el Ing. Nodoyuna, el MVZ Sirrebuzno, Madam Chafoya, el psiquiatra Mente Kato, el Dr. Ladilla, directores, superintendentes, subsecretarios ó lo que sea, de lo que sea. Existe un celo inusitado por el currículo, la habilidad, la facilidad, la inventiva o cualquier cualidad que tenga a bien mostrar alguno de nuestros tercermundistas pensantes en cuestión. Las zancadillas y golpes bajos dados por toda una legión de colegas, secretarias, incluidos empleados de intendencia y demás fauna laboral, son evidentemente útiles para aguzar el ingenio de nuestros sesudos personajes, así como la de fortalecer su capacidad de supervivencia en la selva burocrática, el laberinto universitario, las catacumbas políticas y demás zonas de alto riesgo para el desarrollo intelectual.

 

Cuando no es la hostilidad permanente y manifiesta de los compañeros, subordinados, socios, jefes inmediatos y en ocasiones hasta los extremadamente mediatos, que hacen flaquear el interés y la entereza de nuestros personajes; con acciones de baja calaña y maniobras sistemáticamente sucias, sabotajes, omisiones, “olvidos”, despidos injustificados (eso sí: siempre “con todo el dolor del corazón”), formación de comités de “investigación” -por lo general basados en chismorreos de callejón, pasillos de mercado o excusados de oficina- sobre hechos de la vida privada, escarnio sobre algunas características individuales casi siempre de tipo físico o de presentación externa y otras insensibilidades, que arrojan como resultado un bloqueo total a todo esfuerzo por manifestar en y con los hechos de que el cerebro existe en México, aquí y ahora.

 

¿Y los sindicatos, gremios, asociaciones, colegios de profesionistas, cofradías y demás hatos? ¡Desde luego que bien, gracias! Aún se espera que algún organismo de estos, marque un hito histórico al plantear por vez primera la defensa, tanto de nuestros pensantes, como de sus preclaras manifestaciones de conocimiento; la creación de espacios para la manifestación sublime de nuestras eminencias grises, o mejor aún, la deificación (hoy sólo reservada para nuestros mamarrachos y semianalfabetos  galopantes balompédicos) de alguno o varios de tan distinguidos sujetos, miembros de esta especie -aparentemente- en extinción; privilegiando la manifestación del talento a la belleza de líneas de una carita o a la exuberancia adiposa de un trasero. Pero por desgracia, las organizaciones sociales padecen de la misma tara que sus poco privilegiados miembros y pertenecen a otro objeto de desbarre analítico.

 

¿Y qué ocurre cuando alguna de nuestras sobresalientes bestias del pensar deciden actuar por cuenta propia? Antes que nada, tendría que enfrentar al infierno kafkiano que significa la siempre tenebrosa presencia de  la Secretaría de Hacienda y Crédito Público y sus insensibles demonios, que exigen tajada, según ellos con razón, de cualquier manifestación final de sesudos quehaceres intelectuales, que arrojen algún beneficio en efectivo, como algún producto del quehacer artístico, científico, filosófico, algunas patentes de invención, y otra multitud de posibilidades; sin considerar que en algunos casos son el resultado de años de estudio, creatividad, inventiva, experimentación y otro montón de consiguientes tareas, en los que mami Hacienda o papá Gobierno brillaron por su ausencia para proporcionar cualquier tipo de facilidad. Luego tendríamos el acoso y rapiña de los grupos de poderosos que se siguen sintiendo amos de gentes y haciendas a través de acciones legaloides; presiones de bandas de delincuentes de cuello de cualquier color a su servicio; el robo vil y descarado de obras; o, definitivamente, a través de acciones de piratería de corte mamut y luego desgajada a través del submundo del mal llamado libre comercio. Por último, la incomprensión y la aplastante incapacidad social y familiar para convivir sanamente con los protagonistas de este drama existencial.

 

Y cuando el pensar se traslada a ámbitos donde se afecta la connotación social, la insensata intelijejejenzia de  la Secretaría de Gobernación empieza, para variar, a hacer de las suyas: inventa rótulos, tendencias de pensamiento bizarro, relaciones intelectuales con las supuestas fuerzas más obscuras del universo (desde que se acabaron los horrorosos comunistas ahora se busca la relación con alienígenas de planetas extraños que no son azules), además de otras paranoicas manifestaciones de absoluta incomprensión hacia todo ser sociopensante que no esté en la nómina oficial. En fin, cuando insistimos en la fuga de cerebros, estamos refiriéndonos a algunos miembros de nuestra sociedad que fueron a buscar mejores chambas a otro países donde paguen mejor por su adaptabilidad al sistema, inmerso en lo que hoy se ha dado en llamar globalización, pero de ahí a considerarlos “cerebros”, es un privilegio inmerecido que merecen más algunos paisanos, hoy escondidos -en nuestro país-, tras las paredes de la incomprensión.

 

El colofón de este argumento es simple: señores plañideros, para su poca fortuna y  menor información, si hay sesos, el coco existe, habemus cerebrum, encuéntrase por doquier repercusión y reverberancia de materia gris de primera clase entre nosotros. No se ha ido a otro lado (en todo caso, a los supuestos fugados les faltó cerebro para sobrevivir en las condiciones ya descritas de nuestro Mexicazo, lo mismo que un poco de patriotismo para redituarle a la sociedad mexicana el costo de su adiestramiento). Sólo hace falta, por desgracia, que dejen de cerrarse las oportunidades, que se abran nuevos y viejos canales de manifestación pensante para nuestros paisanos; que no se importen, por conveniencia mezquina, diez o más cartuchos balines de procedencia extranjera para sustituir a un auténtico homo sapiens autóctono. Además, y por añadidura, cuando encontremos la fórmula para rescatar nuestra inteligencia, más cerca estaremos de conquistar nuestra identidad y fortalecer, si no es que de reconstruir nuestra agónica cultura.

 

 

En caso de citar este documento por favor utiliza la siguiente referencia:  

Vargas-Mendoza, J. E. (2008),  Historias sin fin. "De sesos yo me hecho un taco". México: Asociación Oaxaqueña de Psicología A.C. En http://www.conductitlan.net/historias_sin_fin.html

 
 
 
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Última actualización 1 de enero  del 2008